sábado, 30 de octubre de 2010

El gato de la Banda


Hay veces, que mirarse a los ojos y sonreír, es lo único que se necesita para ser feliz. Respirar, arreglar el mundo entre culines de sidra, y terminar por hablar de música, que es lo que verdaderamente nos une.
¿Sabéis lo que es el amor a primera vista? Ese amor, lo sentí yo por el gato de la Banda. Y mira por dónde, que es mutuo.
No tengo palabras para contar como fue la noche en que nos comimos Gijón entre canción y canción. Con cada recuerdo, mi corazón se llena de emoción, y estos ojillos somnolientos, de lágrimas. El gato, nos acechaba, nos seguía en cada rincón. Primero, las 28 botellas de sidra que iniciaron la noche. Luego, repartió cervezas, y hubo un momento, que desde un rincón, les observábamos, los dos, el gato y yo y entonces me di cuenta que ya era tarde. Ya estaban dentro, muy dentro del alma, cada uno a su manera: Josín, que necesitaba un abrazo. Rocío y David, con la de años al pie del cañón que llevan juntos. Gus, con su recetario para aprender a no hablar de garganta. Juan, emoción pura, como siempre. Bego, junto a él, desde hace tantos años que ya casi ni se acuerdan, valiente, capeando temporales porque ser mujer de un músico no es fácil y además fuerte, yéndose al día siguiente de doblete a trabajar. Y Fermín, mi hermanín de trinos, sin necesidad de hablar para saber en qué estamos pensando. Y las risas. Benditas risas. Yo sé que el gato, nos miraba escondido, de lejos y se emocionaba tanto como yo. Sé que echó de menos a los que faltaban, y que cuidó de nosotros toda la noche.


Fue como estar en familia. Vivir una noche con vosotros y darme cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. Y que hay que aprovechar cada minuto disfrutando de cada una de ellas, porque las que dejemos pasar no volverán.
El gato, pasó inadvertido entre tanta risa y tanta complicidad. Nos subimos a la furgoneta, y se coló como un polizón, para ser testigo de excepción de fotos absurdas y ojos rojos por el flash. Luego, me hicisteis cantar, mal, como siempre, pero superé mi temor al ridículo porque estaba entre amigos. Hubo confidencias, abrazos, muecas y llamadas de teléfono a los madriles. Y cuando Morfeo se apoderaba de mí, y se me cerraban los ojos, un brazo hermano que recogió mi sueño y me acompañó a casa.
Se acabó la noche como empezó, casi sin querer. Con promesas de repetirlo pronto y abrazos sinceros de buenas noches. Saldé la noche con dos bajas: la funda de la cámara de fotos y la mitad de un anillo, que me había regalado Jessy por Navidad, y que ha quedado la mar de original, tributo la mitad perdida a una noche con la Banda.
El gato, nos dejó a cada uno en su redil, asegurándose de que estábamos a salvo. Cada uno con sus ilusiones, con sus esperanzas, con sus sueños. Y yo, ilusa de mí, creía que el verano se había acabado una noche de septiembre en un pueblo perdido de Zamora, y el verano nos encontró a la vuelta de una esquina de una calle de Gijón.

2 comentarios:

juan luis dijo...

Buaa
que guapo,es muy bueno crys es lo que somos,eslo que fué sin nada artificial,como lo ve alguien que se nota que nos quiere con mucho sentimiento.
Gracias por ser como eres y tenernos como amigos es un honor.

Kilombè dijo...

Para mí si que es un honor Juan, de verdad. Aunque supongo que lo sabéis.